martes, 11 de abril de 2017

#24 Hogar

Con el último objeto que veas o utilices a lo largo del día, inventa una historia.

Bueno quizá he hecho un poco de trampas porque una casa no es un objeto en sí, pero la idea me molaba mucho y no quería desaprovecharla:


La familia Bates se plantó delante de su nueva casa, mirándola con orgullo. Daniel y Jessica, los padres, habían trabajado mucho para conseguir el hogar de sus sueños, y ahora estaban apunto de entrar en él. Carol, una niñita rubia de ocho años, no las tenía todas consigo: había tenido que dejar atrás a sus amigos de la escuela, incluso a su novio Danny (tan pequeños y tan freudianos...). Dieron unos pasos al frente y de la puerta surgió una voz femenina muy dulce:


-Hola, familia Bates. ¿Estáis preparados para entrar? Yo soy Vesta 9000, vuestra asistente y hogar durante el resto de vuestras maravillosas vidas.


La puerta se abrió para ellos y a medida que pasaban la casa se fue aclimatando. Unos brazos robóticos salieron del techo y cogieron las maletas que reposaban junto a los pies de la familia, ensimismada por el lujo de aquella casa. Ya habían estado allí gracias a la realidad aumentada de la compañía que les había vendido la propiedad, pero nada se comparaba a la primera vez que veías el lugar con tus propios ojos. Mediante un sistema de vías los brazos mecánicos llevaron las maletas a sus respectivas habitaciones (la de superhéroes a la de Carol y las más formales a la del matrimonio).


Vesta les mostró cada rincón de la casa, enseñándoles sus múltiples (y tremendamente útiles) funciones a su paso. La inteligencia artificial podía variar los valores de todo en la casa, desde luz a temperatura e incluso humidad, podía vigilar las habitaciones y avisar por si pasaba algo extraño ("Aunque espero no usar esta función" dijo ella, haciendo que uno de los brazos mecánicos tocara la madera de una de las sillas)... Lo tenía todo. No por nada decían los vendedores que este era el último modelo de una serie de inteligencias sumamente inteligentes.



Las semanas pasaron y los Bates nunca había sido más feliz. Carol tenía la mejor amiga posible: una que obedece todas tus demandas (ya se sabe el dicho: el mejor amigo de un chico... es su casa); y los padres podían ir a trabajar y llegar tarde a casa sabiendo que tenían la mejor niñera que pudieran desear: una que no puede abusar de tus hijos. Ni siquiera Vesta tenía quejas: habían anulado esta función. En fin, que nada podía salir mal en el nuevo status quo. O eso creían ellos.


La cadena de acontecimientos que llevaron a la ruina a la familia Bates empezó una soleada mañana de domingo, mientras Vesta les preparaba un delicioso zumo de naranja. Los tres lo bebieron en el porche, sentados en sus respectivas hamacas y cada uno viendo su programa favorito en las gafas. Carol se cansó pronto y volvió adentro, dejando el vaso en la mesa del recibidor.


-Carol, cielo, ¿podrías dejar el vaso en el fregadero? -preguntó amablemente la casa-. No me gusta que lo dejes en cualquier parte, y así me harías un gran favor.


-¡Mamá! -la niña salió corriendo, llorando, y saltó a los brazos de su madre-. ¡Vesta se ha quejado y me ha dicho que haga cosas por ella!


-¡Esto es el colmo!


Los padres entraron, Jessica aún con Carol en brazos, y se dirigieron a la pantalla de comandos de Vesta.


-¿Quién te crees que eres para decirle a mi hija lo que tiene que hacer? No eres más que nuestra casa, a ver si te comportas como tal.


Daniel apretó varios botones en la pantalla táctil hasta descubrir que alguien había desactivado la opción de no quejarse. Esa misma noche, cuando Carol ya estaba acostada, el matrimonio desconectó las cámaras y micrófonos de Vesta, necesitaban hablar a solas.


-¿Crees que ha sido Carol? -preguntó Daniel-.


-Lo dudo, ya has visto cómo se ha puesto cuando esa zorra se ha quejado. Además, le he preguntado esta tarde y me ha dicho que no.


-Bueno, entonces supongo que habrá sido un error. Igual ni siquiera le dimos bien la primera vez. Lo importante ahora es que no vuelva a ocurrir. No queremos que le pase nada malo al bebé.


Daniel se estiró y apoyó la cabeza en la barriga cada vez más abultada de su mujer. No se fue a dormir hasta que notó una pequeña patadita en la oreja (que hizo que se le clavara el pendiente y tuvo que ir al lavabo a mirar si se le había movido demasiado).



A partir de aquí fueron ocurriendo hechos extraños: sillas que se mueven solas y acaban en posiciones imposible, ruidos de procedencia desconocida, e incluso muñecos que actúan por voluntad propia (que estaban programados para hacer eso, pero su comportamiento era errático). Quizá el hecho más destacable fue el que le ocurrió a Carol mientras jugaba con la pelota.


La niña estaba lanzando la pelota virtual a la pared cuando rebotó de forma extraña y salió de la habitación. No se le ocurrió reiniciar el programa a través de sus gafas, algo que todo niño medianamente inteligente hubiera hecho, por lo que tuvo que salir en si búsqueda. Siguió el curso de la pelota que no existía por toda la casa, cada vez que se acercaba a ella volvía a moverse y continuaba la persecución. No se imaginaba que algo raro estaba pasando hasta que la pelota llegó al sótano. Allí abajo dejó de moverse, pero cuando ya la tenía de nuevo entre sus manos algo se movió a su izquierda. Ante sus ojos apareció una puerta que no había visto hasta ahora. La abrió lentamente y al otro lado encontró una sala blanca llena de lo que parecían pequeños armarios cuadrados, en fileras regulares. Carol abrió la que estaba más cerca y de allí salió el cadáver de una señora mayor tapado por una fina sabana.


La niña salió corriendo, dejando atrás la pelota, y no paró hasta esconderse debajo de su cama. Llorando le preguntó a Vesta qué era lo que acababa de ver.


-Eso, niña estúpida, era el pasado. Esta casa está construida sobre una vieja morgue geriátrica. Y ellos... YA ESTÁN AQUÍ.


La niña tiró las gafas, salió corriendo (otra vez) y abandonó la casa hasta que llegaron sus padres. Cuando la encontraron, ella estaba llorando de tal manera que ni siquiera se dio de cuenta de que su madre sujetaba entre sus brazos al nuevo miembro de la familia.


-Estaba muerta, ¡y encima era vieja! -la niña no paró de llorar hasta que sus padres le dieron un vaso de leche con un tranquilizante diluido.


Dejaron al bebé en su habitación y pidieron a Carol que lo vigilara (ni que hiciera falta, la casa ya se encargaba de ello, pero no querían que molestara). Mientras Carol decía su nombre al pequeño, a la espera de que este lo repitiera, los padres fueron al panel de Vesta.


-Muéstranos las últimas horas de la casa, por favor -dijo la madre-.


-De acuerdo, Jessica. Conque quieres saber lo que HIZO LA GUARRA DE TU HIJA, ¿eh?


-¡¿Qué acabas de decir?!


-Aquí tenéis las grabaciones.


La pareja se miró desconcertada, pero entre los dos revisaron el vídeo. En él solo se veía a la niña con las gafas de realidad virtual moviéndose como si jugara a la pelota y después andando sin moverse. Llegó un momento en el que hizo como que abría una puerta y después salía corriendo, otra vez sin moverse. Poco después tiró las gafas y salió de la casa, y a partir de ahí sabían el resto. El vídeo solo les confirmó lo que esperaban: que había estado jugando a algún juego de miedo a pesar de que se lo habían prohibido. Por si acaso copiaron el vídeo, pero se olvidaron de revisarlo: el bebé estuvo llorando toda la noche.


A la mañana siguiente le echaron la bronca, pero ella no paraba de repetir que no, que a ella no le gustaban ese tipo de juegos y que nunca jugaría a ellos.


Abandonaron este tema, pero cada vez tenían el presentimiento de que algo raro pasaba en esa casa. A veces, por la mañana, se encontraban al joven Jesse con extrañas marcas en las mejillas. También se dieron cuenta de que Carol estaba engordando poco a poco. No le daban mucha importancia a estas cosas. Quizá los padres ni siquiera se dieron cuenta, pasaban los días medio dormidos por el constante llanto del bebé. Hasta que ocurrió una desgracia.



Bueno, no os aburriré con los detalles, pero lo que sí os diré es que los padres encontraron a Carol con sus gafas virtuales ahogando al bebé en la bañera. Le echaron la bronca y la castigaron sin gafas durante una semana. La niña no paraba de decir que todo era culpa de Vesta, que le decía cosas malas, y que si no ahogaba al bebé nunca la dejaría en paz. Le había prometido que todos flotaban ahí abajo.


Los padres ya no sabían qué hacer. Dudaban si todo era culpa de un virus informático, una hija psicópata o algún tipo de esquizofrenia compartida. Como lo más fácil de comprobar era lo primero, llamaron a una técnica domótica.


A la mañana siguiente se presentó en su casa una mujer mayor y bastante menuda. Les empezó a hacer preguntas sobre los extraños incidentes mientras miraba todo con asombro a través de sus gafas de sol. La lentitud en la que hablaba y el extraño acento que tenía hizo pensar a los padres que esa mujer no era más que una timadora, pero de pronto se sacó un cable de la manga y lo conectó al panel de Vesta.


-Bien -dijo la técnica-, parece ser obra de un virus muy extraño. No había visto nunca nada parecido. Ahora mismo contactaré con la sucursal para que investiguen el origen de...


No pudo acabar la frase, un brazo mecánico le atravesó la cara. Por suerte de la herida solo salió aceite y cables rotos, pero la familia huyó igualmente. Afuera los padres abrazaron a Carol... y se dieron cuenta de que el bebé aún estaba en su habitación. Jessica empujó a su marido, que estaba en su camino, y se lanzó escaleras arriba a la habitación del bebé. Lo agarró en sus brazos y volvió a bajar, esquivando los brazos mecánicos que se movían por todas partes. 


-Las casa tenemos una mejor manera. Cuando un amigo nos disgusta, lo diseccionamos.


En el piso de abajo vio a su marido aguantando la puerta, que intentaba cerrarse, pero lograron salir a tiempo. Ya alejados del peligro Jessica se dio cuenta de que llevaba al niño al revés y se volvieron a abrazar, esta vez la familia entera, y lloraron por todas las posesiones que habían abandonado en esa casa infernal.


La familia se alejó lentamente hacia el horizonte... Y mientras, en la casa, unas presencias cobraron forma, aunque no solidez. Un grupo de ancianos flotaban sobre el parqué del comedor, riendo a carcajadas, aunque estas no se oyeran. Habían echado a otra familia. Así al menos les dejarían un tiempo a solas. Después de la celebración pensaron nuevos métodos para asustar a los siguientes inquilinos, y esta vez esperaban superar el récord de 28 días.



Guillermo Domínguez

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