jueves, 13 de octubre de 2016

La Bestia y el Sabio hablan de la estrategia

Estúpidos. Estúpidos y arrogante mortales. ¿Con qué derecho creen que pueden maldecir su nombre?
-Míralos -clama -. Lloran, rezan, matan y ríen... todo en mi nombre. Nunca les dije que hicieran semejante tontería. A veces incluso me arrepiento de... No, no puedo decir algo así -niega con la cabeza, cabizbajo, cualquiera diría que es el vivo rostro de un hombre derrotado. Pero la sonrisa que asoma entre la barba al mirar de reojo delata su hipocresía. La jaula se mueve, balanceada desde el interior, las barras empiezan a crujir. Aún débiles, sin presentar una amenaza real.

-Oh, ¿crees que puedes salir? ¿Y dónde irías? Observa tus criaturas. Lo que queda de ellas -ríe pero cuesta saber si se divierte.
La Bestia, enjaulada, cesa su forcejeo y sigue su índice con la mirada. Solo ve sangre, muerte y desesperación y se echa a llorar. Aúlla mientras las cicatrices más antiguas vuelven a reventarse y le manchan el bello pelaje de sangre.
-No luches. Mira lo que te estás haciendo. ¿Quieres morir?
La Bestia acalla los últimos gemidos de dolor.
-Tú me haces esto -gruñe con la rabia del viento y la fuerza de una montaña -. Tú matas mis criaturas y usas a las tuyas para ganar esta partida. Como si de un juego se tratase, mueves tus peones, sacrificas un alfil y jaque mate, tienes a mi rey. Imposible, ¿comprendes? Pues la Tierra no es tu tablero y mis torres ya no resisten tus embates, solo lloran en silencio, mordidas de sufrimiento.
El Sabio ríe aún más fuerte, se sujeta la barriga y echa la cabeza atrás con la boca abierta.
-Tus discursos siempre consiguen entretenerme -dice al fin con lentitud, la mira más astutamente -. Aunque insistas en tu rendición, en la debilidad de tus criaturas, mira lo que le han hecho a tu jaula. Cada vez que oponen resistencia contra mis hermosas creaciones, supone otra embestida a tus barrotes. ¿No crees que eso se parece bastante a un juego? La batalla final llegará cuando consigan liberarte y entonces tú y yo pelearemos por el destino de la Tierra. Mientras tanto, dejemos que sean sus habitantes quienes se maten por nuestra causa.
-Y, sin embargo, odias que maldigan tu nombre, que duden de tu existencia -la Bestia se lame las heridas, limpia su pelaje con lentitud orgullosa.
-Por supuesto. Deberían venerarme. Eso les ayudaría a ganar. Se pelean entre ellos en vez de unir sus fuerzas. Estúpidos ignorantes.
La Bestia suelta un bufido divertido y se tumba, ahora más tranquila. Un nuevo embate sacude la jaula y parece sonreír mostrando sus temibles colmillos blancos.
-En cambio, mis criaturas cada vez se ayudan más, sabiendo que su única resistencia es la unión. Lo que no logras comprender es que tus criaturas sin las mías no pueden habitar el planeta, pues este moriría inevitablemente y las mías serían más felices sin tu creación. ¿Acaso lo olvidaste? Solo la llevaste a cabo para encerrarme y poseer el poder que no te fue otorgado. Recuerda, Sabio, que al matar al rey, termina la partida.

-¡Calla! -pues es cierto.
Marina R. Parpal

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