sábado, 26 de noviembre de 2016

Silencio


Parece que el silencio sea más violento que el ruido desgarrador de un grito, un gemido, un sollozo escondido. Quizá sea por todo eso que conlleva estar callada, solo contigo, tu mente y tus dudas. Quizá sea por las miradas que compartimos cuando no hablamos, por tener que escuchar los latidos de un corazón muerto y darnos cuenta de que nada bombea nuestra sangre.
Quizá el silencio seas solo un monstruo terrible que acecha en los callejones de la memoria y nos persigue con un filo interminable. Nos apuñala callada y lentamente y vamos muriendo desangrados sin que nadie se dé cuenta. Quizá el silencio no es más que un arma arrojadiza usada por los que conocen la vida y el dolor y tratan de asustarnos, de echarnos en cara nuestro ruido, nuestra estúpida risa y las lágrimas que corren por nuestras mejillas sin que nadie pueda pararlas. Me quedé sin música y tuve que enfrentarme a mi silencio, a mis demonios, los que tanto buscaban en momento de morderme, poseerme con dolor infinito y quedarse mis entrañas. Son terribles los silencios cuando esperas y peores cuando nada puede hacerse. Un quizá está lleno de palabras, una esperanza y algo de temblor. Un nada está tan vacío que nos precipitamos sin fondo hacia el miedo, el terror absoluto. Quizá por eso la gente prefiera el grito y el aullido junto a la oreja, la música insulsa que no diga nada o que no se entienda. Enciende la radio. Está rota. Enciende el televisor. No hay luz. Corre, huye, la calle está desierta. Vuelve, el agua, haz correr el agua, hunde la cabeza en la bañera y escucha el rumor incansable que te ahoga e impide pensamientos. Muere. Pero no, para en el último instante. La muerte es el mayor silencio. Pero los demonios no pueden atraparme en ella, no debo enfrentarme a nada. Si solo encuentro oscuridad, habré ganado. Y muere. Pero ha perdido.
Marina R. Parpal

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